Hoy me acerque lentamente a ti y te pregunté ¿A quien alumbra esa luz? Extrañada me miraste y te fuiste sin hablar. Pensativo me quedé, intentando deshacer el nudo que yo mismo enredé. Pasaron los días y los años y la luz continuaba encendida; Y tras un tiempo prudencial, cuando ya éramos otras personas Con los mismos nombres y apellidos me volví hacia ti Y Te volví a preguntar: ¿a quién alumbra esa luz? Me miraste con ojos de extrañeza, Me besaste con ternura en mi mejilla Y te fuiste a ningún lugar, desapareciste entre las sombras Dejaste un camino sembrado por las dudas, Nunca más te volví a ver… Hoy la luz hace días que se apagó Y yo sigo pensando en porque Nunca entendí que aquella luz estaba destinada a mí.
Llamó desde el hotel a su mujer, que en ese instante se estaba preparando un café. Pese a la distancia, la cobertura era excelente, pues le llegaban los ruidos domésticos con la misma claridad que la voz. Así, mientras charlaban, visualizaba sin esfuerzo lo que ocurría al otro lado. Tanto la conversación como los sonidos se atenían a una pauta, a unos clichés preexistentes. Hablaron de si hacía frío o calor, de si llovía, de la salud de un familiar enfermo, de si había aparecido por fin el fontanero... Todo ello al tiempo que la taza se encontraba con el plato, que la cafetera pitaba, que vibraba el cajón de los cubiertos... Tuvo la impresión de comunicarse con los objetos de la lejana cocina tanto como con su mujer. Le hablaban al mismo tiempo que ella, transmitiéndole también una información rutinaria. Ahora viene el golpe de la cucharilla contra los bordes de la taza. Ahora yo debo preguntar si Teresa ha vuelto del colegio...
Aunque todo se repetía de manera mecánica, como una coreografía mil veces ensayada, el hombre advirtió que aquel día, por debajo del cliché, sucedía algo distinto, como si la escena ocultara un misterio, un alma. Hazme un favor, dijo entonces, abre la nevera y mira si me quedan puros. Escuchó los pasos de su mujer, la puerta del frigorífico, el movimiento de la caja al ser removida de su sitio... Te quedan tres, dijo al fin ella. Le dio las gracias y comprendió que quería colgar porque el cliché se había agotado. Entonces preguntó si había vuelto el gato, que se había escapado la semana anterior, y ella dijo que no. Después, ambos permanecieron en silencio, con la sensación incómoda de haber agotado el guión. Incapaces de improvisar a partir de aquella ruptura, colgaron por miedo al vacío. Luego ambos sintieron que aquel vacío había sido real. Un grumo de realidad en medio de la nada absoluta.
Déjame decirte que en ocasiones es mejor desnudarse ante uno mismo, que hay que ir soltando lastre, llegar a la raíz más profunda y bella y que se encuentra “ahí”.
Déjame contarte que quiero vivir una vida en la que sienta que voy liberando limites, que las fronteras las puedo borrar con mis pies descalzos, que los limites pueden derrumbarse con el simple soplido de mi boca, que los dedos pueden dibujar las capas y destruirlas con mayor facilidad con la que han sido creadas.
Déjame decirte que es un viaje hacia ningún lugar, que todo conduce a uno mismo y que es el camino del guerrero solitario, que es la soledad la que ayuda a derribar los limites con más facilidad, que no es fácil, aunque en ocasiones pueda parecer que sí.
Déjame contarte que la carga puede ser más ligera si estás ahí, que nada es más pesado que la soledad involuntaria, que nada es más costoso que las barreras indestructibles, que nada es más desesperante que la perdida de esperanza.
Déjame decirte que de hoy en adelante he comenzado a liberar los límites
La tortuga y su caparazón, el juglar con su canción, las abejas con su miel, el trabajador con su pesadez. El virtuoso con sus defectos, el mentiroso con sus verdades, el tramposo con su honestidad, el atrevido con su timidez, el egoísta con su desprendimiento, el hermético con su confianza, el fuerte con sus debilidades, el simpático con su parte arísca, el atractivo con sus partes feas, el inexorable con su parte benévola, el ardiente y apasionado con su insensibilidad. Las sonrisas con sus lágrimas, las miradas con los dedos, la lengua con los besos, el pezón con la erección, los gritos con los silencios, los sueños con el realismo, las preguntas con las respuestas.
Bettie Page, luminosa encarnación del erotismo prohibido de la década de los cincuenta, falleció el pasado jueves en un hospital de Los Ángeles. Page, de 85 años, estaba en tratamiento por una pulmonía cuando sufrió un ataque al corazón. De nombre verdadero Betty Mae Page, nació el 22 de abril de 1923 en Nashville. No había entonces música country en aquella ciudad de Tennessee, que era reconocida como el centro de la religiosidad fundamentalista sureña, un ambiente que marcaría a la joven Betty. Según ella, creció entre penalidades y abusos paternos.
En los años cuarenta, Betty soñaba con ser estrella del cine pero la realidad resultó más prosaica: ejerció de maestra y se casó con un soldado, del cual se divorciaría. Malvivía como actriz en Nueva York cuando, en 1950, llamó la atención de Jerry Tibbs, policía aficionado a la fotografía. De su mano entró en el sigiloso mundillo de los erotómanos.
Con su espléndida figura y su reconocible peinado, Betty se convirtió en la favorita de los aficionados que consumían semiclandestinas revistas para hombres y que encargaban sesiones fotográficas -y cortos cinematográficos- que reflejaran sus obsesiones, muchas veces relacionadas con los zapatos de tacón de aguja, las medias, los ligueros o los látigos. Los hermanos Irving y Paula Klaw encaminaron a Betty / Bettie hacia el sadomasoquismo suave entre mujeres mientras que otro fotógrafo, Bunny Yeager, se especializó en retratarla como reina de la jungla. Se trataba de material que se vendía bajo cuerda o por correo.
Como modelo, Page transmitía una inocencia, un deleite libre de culpabilidad. Alcanzó su máximo reconocimiento en 1955, cuando fue protagonista de las páginas centrales de Playboy. Sin embargo, ese mismo año fue convocada por un comité del Senado que investigaba la pornografía; no llegó a testificar pero se fue desencantando y en 1957 dejó el negocio.
A partir de ese momento, su vida está envuelta en misterios. Contamos con la verdad oficial establecida en su autobiografía Bettie Page: the life of a pin-up legend (1996), pero también hay un libro más descarnado, The real Bettie Page (1997), de Richard Foster, que serviría de base para el largometraje The notorious Bettie Page, dirigido por Mary Harron, la primera de varias películas sobre sus andanzas. Se sabe que se casó varias veces y que, arruinada, sufrió una crisis nerviosa.
Detenida por atacar a los dueños de su casa, fue internada en una institución mental. También se transformó en una cristiana renacida. Intentó viajar a África como misionera, pero su pasado resultó ser un inconveniente, aunque hay testimonios de una estancia proselitista en Angola. Encerrada en su mundo bíblico, Betty ignoraba que volvía a ser popular.
A partir de 1976, empezaron a publicarse libros que recopilaban sus famosas fotos; también se reeditaron sus cortos. Apareció en portadas de discos, camisetas y todo tipo de objetos. Su personaje inspiró a dibujantes de cómics y Quentin Tarantino se fijó en su estética para la Umma Thurman de Pulp fiction. Sus poses eran imitadas por las nuevas practicantes de los espectáculos burlesque.
A principios de los noventa, Bettie descubrió que era el centro de una notable industria e intentó -no siempre con éxito- cobrar royalties. Ocasionalmente concedió entrevistas, incluso en televisión, pero se negaba a aparecer con su imagen actual. Quería mantener el recuerdo de la sinuosa Bettie Page. Y deseaba distanciarse de la pornografía contemporánea: aseguraba que nunca apareció desnuda y que todo eran juegos con cuerdas y fustas. Fue, insistía, una mera modelo profesional que se desenvolvió en un campo especializado: "Era más divertido que estar ocho horas atada a una máquina de escribir" .